domingo, septiembre 28, 2008

¿Y ahora qué?

Ya hay resultados, luego de alborotar un poco el avispero de esto que se ha dado por llamar revolución ciudadana en Ecuador. Pero tras esta polvareda, entre el debate y el fanatismo de las tendencias, ¿qué corresponde esperar ahora de la Constitución? Y más que esperar, qué tenemos que gestar, nosotras las mujeres, con las cartas en la mesa, para que esta vez sea muy diferente.

Veamos un poco esas cartas. La constitución del 98 ya había significado avances en temas antes dejados sistemáticamente de lado; así, ya se especificaban derechos para los llamados en su momento grupos vulnerables (mujeres, etnias indígenas, población afrodescendiente, personas con discapacidad), no obstante, un marco neoliberal y la falta de una institucionalidad que aplique esa Constitución del 98 de manera práctica y sin mayores trabas, hizo que confluyan voces pidiendo con urgencia nuevas reglas de juego, una nueva forma de alcanzar la justicia.

Llegó la coyuntura esperada por una mayoría amplia del país, y a la hora de la verdad, qué ha reparado esta Constitución y qué puede repararse de la misma, es la pregunta.

Y partiendo desde los principios fundamentales que defiende la nueva Carta Magna, hay unas pocas palabras que hacen una gran diferencia en el artículo 1, donde ya Ecuador como estado hace un gran avance al declarárselo laico. Algo que se ha estado pidiendo hace mucho tiempo, para efectos de mejorar la educación y la libertad de conciencia y credo de la población. El respeto real a la pluralidad es por fin exigible y avalado. Asimismo, dicho artículo, en su párrafo final, asegura la soberanía sobre nuestros recursos naturales no renovables, lo cual demarca territorio en el sentido de que los beneficios de éstos sean accesibles a la población ecuatoriana, y no solo las pérdidas o pírricas ganancias.

Respecto al derecho de igualdad de oportunidades, derechos y deberes de la ciudadanía, esta Constitución en su Artículo 11 es sin duda más específica en relación al Artículo23, numeral 3 de la del 98, al ampliar la gama de características que han sido susceptibles a discriminación, y gracias a ello logrará reducirla, pues a veces ésta (la discriminación) surge más por ignorancia que por dolo. Más importante aún es el numeral que dispone que el Estado adoptará medidas de acción afirmativa que promuevan la igualdad real.

A eso se suma la gratuidad de la justicia, dado que una constante problemática en cuanto al acceso a la justicia para las mujeres (léase también población carente de recursos económicos) ha sido precisamente el costo de los abogados y los trámites.

En temas económicos, vale apuntar el Art. 333, donde “se reconoce como labor productiva el trabajo no remunerado de autosustento y cuidado humano que se realiza en los hogares”. Algo largamente esperado por nuestros movimientos de mujeres y trabajadoras del hogar y que traerá beneficios notables, y que ya están presentes sin que se les otorgue la preponderancia debida (de hecho, las remesas que llegan del exterior, y que forman el segundo rubro de ingresos del país, son producto de dicha economía del cuidado). En ese mismo capítulo, el artículo 334 exige al Estado “desarrollar políticas específicas para erradicar la desigualdad y discriminación hacia las mujeres productoras, en el acceso a los factores de producción”.
Otro punto a favor es el Régimen de Buen Vivir (Título VII, art. 340-393), para muchos confuso y pernicioso. Factible a ser mejorado, es mejor tenerlo a que siga inexistente. Básicamente, es una garantía de bienestar y accesibilidad a la salud, educación, entre otras. Por qué es recomendable que esté estipulado, porque la estructura anterior favorecía a que solo quienes tuviesen los medios económicos para vivir bien, podían alcanzarlo. No es un asunto que peque de obviedad, pues en la reafirmación de el derecho al bienestar está el inicio del camino de la equidad.

Analizar las gratas diferencias que nos puede traer esta Constitución, es mucho menos tedioso y difícil de comprender de lo que nos quieren hacer creer quienes se han empeñado en autoproclamarse la voz mayoritaria del pueblo, durante décadas. Y sin duda podríamos seguir detallando qué más nos dejó la última Asamblea Constituyente, sus bondades y por supuesto múltiples defectos, por los que hay que andar más vigilantes todavía, pues nada se ha logrado si la aplicación de las normas constitucionales sigue quedando en letra muerta. Este es el verdadero sí a la vida que exigimos.

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