miércoles, octubre 29, 2008

Reflexiones

Nuevamente el caso de Daysi, esta vez desde la visión de Carol Murillo, articulista de El Telégrafo.

La mujer sin sexo

CAROL MURILLO


Hace poco un hecho ‘doméstico’ pero escabroso ocupó una parte de los noticiarios de crónica roja: una mujer, en la provincia de los Ríos, cortó el pene a su marido. La señora apareció en pantalla y hasta se le pudo sacar alguna información.

Pero las imágenes que los medios mostraron se quedaron en mi retina. El lugar donde ocurrió tal crueldad y la gente que dio explicaciones viven casi en el otro mundo del Ecuador. Son pobres, son irascibles, son instintivos, son bondadosos, son solidarios y son violentos y, al mismo tiempo, pasivos. Su canon de vida está fijado por valores puntuales que se mueven y operan de acuerdo al subjetivismo de una vida cotidiana que no se parece a la nuestra –lo que no significa que la nuestra, citadina y cultivada- sea mejor.

Que una mujer haya resuelto, en un estado de impotencia y cansancio, cortar los genitales a su marido, revela la complejidad de la vida de pareja en cualquier estrato social. Sí, en cualquier estrato social. Es obvio que el caso aquí referido se coloca en los linderos de las carencias materiales y emocionales de una mujer que ha llevado una precaria condición humana.

El caso también lleva a pensar en el cuerpo. El cuerpo como lugar de la concreción de la traición, del pecado, de la venganza. Nunca del deseo o la felicidad.

“Ella escogió la vía del (inconsciente) desagravio. Algo mortal para un macho: quedarse sin pene y sus...”

En el cuerpo de este hombre -para su mujer- estaban depositados, por una rara conversión de dolor y resentimiento, todos sus días junto a ese ‘hombre maldito’.

¿Se justifica su delito? Es posible leer la audacia de esta mujer separando -y hasta olvidando- el universo doméstico de su vida junto a un marido que la sometió a humillaciones y uso y abuso sexual, por no decir machismo, y que ella, lejos de las elucubraciones feministas, escogió la vía del (inconsciente) desagravio. Un desagravio ‘mortal’ para un macho: quedarse sin pene y sus aderezos reproductivos.

El hecho, además, revela la ausente preocupación por los vaivenes de la psicología humana y un desprecio por la disfuncionalidad emocional vivida antes y después de la tragedia. Tanto es así que el hombre, luego de perder su pene y ser ingresado a un hospital, enseguida tuvo asistencia psicológica. Y la mujer, apenas recluida en una cárcel, en sus primeras horas de pavor e incomprensión, solo tuvo un enjambre de policías y periodistas.

Está claro que la pareja vivía el infierno antes de la acción de ella; y que ese infierno parece mínimo en relación al delito posterior. Pero esa manera de relativizar las cosas de acuerdo a tiempos, impresiones y el ojo ‘racionalito’ que muchas veces aplicamos para calificar el fin de los acontecimientos y no su proceso, nos regala conclusiones ‘sin atenuantes’...

Lo peor de la historia es la morbosidad y la burla. La ‘mirada solo sexual’ sobre un hecho que tiene otras connotaciones, a veces no tan lejanas a la propia vida de los mirones. Es decir, una morbosidad que no mira su propia conducta sexual con la pareja, la compañera, la mujer, el/la amante, el marido.

Una morbosidad cercana a la patología.

Una mujer que corta el pene a su marido no es un salvajismo propio de los instintos sueltos del atraso. Es apenas una de las escenas de la condición humana.

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