viernes, diciembre 16, 2011

"Chistes, piropos y minués: las estrategias del macho acorralado"


Definitivamente, las feministas somos unas amargas. Vemos machismo,

patriarcado, androcentrismo, homofobia, lesbofobia, transfobia y violencia

incluso en las situaciones más divertidas. Eso nos pone en un raro lugar:

somos víctimas de permanentes ataques simbólicos, y a la vez victimarias por

arruinar con nuestras respuestas destempladas las situaciones que gran parte

de la sociedad considera entretenidas, glamorosas, seductoras,

caballerescas, románticas y hasta corteses. Y lo peor de la confusión es que

como pertenecemos a esa misma sociedad, tales situaciones también tienen

eficacia simbólica sobre nosotras, también nos reímos y emocionamos con

ellas; sólo que un Pepe Grillo feminista nos susurra al oído permanentes

advertencias analíticas para que no caigamos en la trampa, para que no

seamos literales, para que no sonriamos amablemente –como es de esperar- a

los gestos corteses.

“¿Qué quieren las mujeres?” se preguntaba Freud, y el error de nosotras era

estar expectantes a su respuesta.

Mi propuesta de hoy es muy modesta. Contar algunas anécdotas, señalar

algunas situaciones que encienden mi alarma, procurar tímidamente un puente

comunicativo para hacer grietas en los implícitos sociales y generar

vínculos que no lesionen con su reiteración a ningunx de lxs participantes

en ellos.

Cuando inicié la carrera de filosofía, un profesor llamado Adolfo Carpio me

dijo: “¿qué hace usted acá, no sabe que las mujeres no pueden hacer

filosofía? Tiene lindos ojos, aprenda repostería y búsquese un novio”. Me

ubicaba así en una disyuntiva común a muchas mujeres profesionales: o

carrera o familia. La filosofía era un sacerdocio que requería no ocuparse

del trajín de la vida cotidiana, por eso era para varones, que como todo el

mundo sabe vienen equipados con mujeres que se dedican a las tareas de

reproducción y cuidado, entonces ellos no deben renunciar a nada que les

corresponda para dedicarse a la vida contemplativa. Esta deliberación es

objeto de muchas indagaciones feministas, de excelente nivel, que ponen eje

en el quiebre subjetivo de las mujeres que deciden innovar. Como ejemplo

diré que en una investigación sobre carreras científicas de varones y

mujeres, encontramos como dato significativo que el 25% de los

investigadores superiores del Conicet eran solteros (su carrera era un

sacerdocio) pero esa cifra trepaba al 75% en las mujeres, además de tener

muchas menos oportunidades de llegar a la cima.

Muchos años después, ya doctorada y con el permanente esfuerzo de equilibrar

familia y trabajo, ocupo la cátedra que fue de Carpio. Últimamente he

pensado si no será un gozo enfermizo estar en este lugar, si fue una

aspiración verdadera o movida por el desafío y la revancha. Y eso me lleva a

reflexionar sobre los deseos de las mujeres y su concepto de éxito. Tenemos

paradigmas que producen indicadores precisos de lo que la sociedad reconoce

como éxito personal y profesional, y el costo subjetivo de esos indicadores

para las mujeres es doble: si acompañan a un varón exitoso, es posible que

tengan a su cargo la parte menos glamorosa de ese éxito vicario; si ellas

mismas lo son, es posible que alcanzada la meta no encuentren la felicidad

prometida sino una incomprensible insatisfacción. Para las innovadoras, que

decidimos desafiar la dicotomía conciliando familia y profesión, la culpa de

no alcanzar el ideal de perfección en ninguno de los roles (que obviamente

requieren la renuncia al otro) es permanente.

Asi las cosas, claro, no estamos para chistes. Sin embargo nos hacen

chistes! Cuando me recibí, el profesor Eduardo Rabossi me felicitó

haciéndome el extraño homenaje de contarme un chiste, precisamente este:

Un hombre decide contratar una prostituta. Va a su departamento y encuentra

que entre los previsibles adornos sugerentes había una pequeña biblioteca.

Se acerca curioso y ve en ella libros de Kant, de Hegel, de Wittgenstein…

Toma uno de ellos y ve que está subrayado y con acotaciones manuscritas. Le

pregunta de quién son esos libros y la prostituta contesta que son de ella,

que es filósofa. El hombre, extrañado, le pregunta cómo siendo filósofa

trabaja de prostituta, y ella le contesta: “tuve suerte”.

Fin del chiste. No me reí. Quedé como una amarga con mi profesor de derechos

humanos.

Una brillante alumna mía, muy linda, terminó su carrera y no logró una beca

o una plaza docente para comenzar a trabajar. Terminó de mesera en un

restaurante muy caro de Puerto Madero, en plena era menemista, al que

concurrían políticos y empresarios favorecidos por el gobierno (dicho sea de

paso, algunos siguen concurriendo y siguen siendo favorecidos, pero ese es

otro tema). Uno de los clientes en particular era muy pesado, con

comentarios subidos de tono sobre su aspecto físico dichos a los gritos y

festejados por sus contertulios. Un día mi alumna decidió contestarle con

una frase de Nietszche. El diputado, sorprendido, le preguntó de dónde había

sacado eso y ella le dijo que era filósofa. La pregunta fue inmediata: “¿y

qué hacés trabajando aquí?”, y la respuesta de ella también: “esta es la

Argentina en la que vivo, yo soy mesera y usted es diputado”. Los

contertulios festejaron el chiste, el político no se rió, ella sintió una

satisfacción interior que duró poco porque ese mismo día la echaron de su

trabajo por hacer comentarios indecorosos a los clientes.

¿Podemos reaccionar a la violencia de los chistes y los comentarios que nos

ponen como objeto pasivo de frases soeces bajo la pretensión de ser piropos,

cuando todo el sistema opera contra nuestra vivencia de esas situaciones? La

observación rompe un código, a veces violentamente, y entonces pasamos de

víctimas a victimarias. A veces ni siquiera tenemos la oportunidad de

intervenir, porque la frase se refiere a nosotras pero se pronuncia entre

machos en un intercambio que nos excluye y que tiene que ver con el derecho

de propiedad. Porque como decía Locke en “Dos Tratados sobre el Gobierno”,

para justificar filosóficamente la necesidad del pacto social que dio origen

al Estado Liberal Moderno, la violencia entre los seres humanos es

consecuencia de la lucha por la propiedad; y hay dos cosas que producen el

máximo conflicto entre los seres humanos: la propiedad de la tierra y la

propiedad de las mujeres. El pacto social, precedido del pacto sexual,

reguló ambas propiedades dando origen a la familia nuclear y garantizando

así la legitimidad de la progenie para cuidar la herencia en la acumulación

de capital.

Los ambientes ilustrados no están libres de estos métodos disciplinadores

del lugar de las mujeres. Cuando finalizaba la dictadura, comenzamos en la

UBA un movimiento de estudiantes y graduados que permitiera recuperar las

autoridades legítimas una vez alcanzada la democracia. Se creó así una

Asociación de Graduados que hizo su primera elección. Los candidatos a

presidirla éramos Silvio Maresca, un filósofo muy ligado a la política del

peronismo , y yo, una pichi. Inesperadamente gané esa elección, y entonces

Silvio le dijo a mi marido, también graduado en filosofía: “te felicito,

ahora tenés una mujer pública”. No me lo dijo a mí, se lo dijo a él, que

recibió así la advertencia de que un hombre que deja que su mujer circule

por los espacios de poder de la política debe aceptar que reciba el

calificativo con el que se describe a una prostituta: una mujer pública, una

mujer de la calle, una mujer que no es de su casa y por eso ha renunciado a

ser de un hombre para estar disponible para cualquier hombre.

Y así seguramente se lo enseñan a los hombres. Los cuerpos que circulan en

la calle son cuerpos disponibles, y si no dan señales inequívocas de recato

son cuerpos abordables sin permiso por el solo hecho de estar allí.

Abordables físicamente y simbólicamente, con manoseos o con pretendidos

piropos que nos ponen en situación de presa y a ellos en situación de

dominio.

Salgo de mi casa un día de lluvia para un acto protocolar a la mañana,

vestida con más cuidado que de costumbre. En la vereda hay un hombre

acostado sobre unos cartones, totalmente borracho, harapiento que daba pena,

y cuando paso me dice: “te haría cualquier cosa”. Ese hombre que no podia ni

siquiera ponerse en pie, abandonado de todo, no había perdido sin embargo su

poder patriarcal sobre mí, su poder de incomodarme y ubicarme en una

situación pasiva que sólo podía ser respondida de modo desagradable o

cambiando el código. Otras veces lo he hecho, ante ese habitual comentario

“decime qué querés que te haga, mamita” pararme, mirarlo y decir:

“recordame el teorema de Göedel”, o “recitame la Odisea en griego”. La

respuesta produce pavor, la mirada del piropeador se llena de espanto: la

violenta soy yo.

Los comentarios sobre nuestro aspecto físico nos desvían de nuestro lugar de

interlocutoras a objeto. Incluso cuando pretenden ser amables nos están

sacando de la relevancia del argumento para poner de relevancia nuestro

cuerpo sexuado. A veces la violencia es más explícita, y cuesta menos verla.

En una manifestación docente donde hay represión policial encuentro a un

diputado kirchnerista con sus asesores. Me pregunta con ironía qué hago

allí, y yo le digo qué hace él que no está procurando que su gobierno no

reprima la protesta social. El, molesto y bajando un poco la mirada de mi

cara me dice “¿por qué te pusiste ese escote?”, sus compañeros se ríen, yo

le repregunto “¿qué te pasa, extrañás a tu mamá?”, sus compañeros se ríen

más. La violenta soy yo que lo pongo en ridículo ante sus subordinados.

Otras veces el comentario es menos burdo, y simplemente nos retrae del lugar

donde nos habíamos instalado. En una sesión legislativa salgo de mi banca y

me acerco a un diputado del hemiciclo opuesto para reprocharle uno de los

mil modos de mala praxis legislativa que acostumbran. Mientras le estoy

diciendo que faltó a su palabra me interrumpe: “ahora que te veo de cerca,

qué lindos ojos tenés”. ¿Tengo que alegrarme, sentirme orgullosa de algo en

lo que no tengo ningún mérito, cambiar mi enojo por un agradecimiento a su

observación gentil? Opto por reprocharle doblemente su falta de palabra y el

comentario desubicado y quedo como una amarga. La víctima es él: dijo algo

agradable y se encontró con mi respuesta destemplada.

La filósofa mexicana Graciela Hierro, especialista en ética feminista, nos

advertía sobre estos modos que toma el patriarcado para imponerse a los que

llamaba “el trato galante”. Socialmente aparecen como un signo de

caballerosidad, pero nos ubican en un papel de debilidad, de objeto de

tutela, de incapacidad, de pasividad superlativa. Los usos sociales están

llenos de mandatos que los varones pueden tomar como lo que se espera de

ellos, y muchas mujeres como signos de protección masculina.

Mañana se cumplen 60 años del voto femenino. Quizás sea oportuno recordar

que hasta ese momento el código civil nos ponía con los incapaces, los

presos, los dementes y los proxenetas para fundamentar nuestras ineptitudes

para la política. Cuando luego de muchos años de lucha del socialismo

feminista, y por expresa voluntad de Eva Perón, la ley de sufragio femenino

finalmente llega a un recinto formado exclusivamente por varones, los

argumentos en contra cubrieron todo el arco: desde señalar la natural

incapacidad de las mujeres para la vida pública, a decir que ibamos a votar

lo que nos dijera el cura y la iglesia iba a aumentar así su poder político,

o ensalzar las más altas virtudes femeninas que nos destinan a la excelsa

tarea divina de cuidar a nuestras crías (lo que logicamente está reñido con

la disputa electoral), o describir la politica como un pantano donde no

debería posarse el delicado pie que cual pétalo de rosa sostiene nuestra

gracia, y como último recurso generar pánico recordando que nos volvemos

locas una vez por mes y así existía la alta probabilidad de que en ese

estado de enajenación temporal una cuarta parte de nosotras esté a la vez

menstruando y decidiendo los destinos de la patria.

Para esos patriarcas de la democracia, que ya contaba con una “ley del voto

universal y obligatorio” que no sólo nos excluía del universal sino que no

registraba siquiera la exclusión, eso éramos las mujeres. Ellos sí tenían

una respuesta, no como Freud que nos dejó esperando.

Procurando hacer un ejercicio de empatía, comprender cuál es la reacción de

quien tiene esta visión de las mujeres ante los avances que el feminismo nos

ha procurado en tantos órdenes de la vida, pienso que hay una percepción de

cierta masculinidad de estar en retroceso. Una vivencia del poder sustancial

y del territorio que torna amenazante el ingreso de las mujeres a las

instituciones y a la vida pública, todavía ahora. La pérdida del monopolio

de la palabra no alcanza para abrir el diálogo. El diálogo tiene condiciones

lógicas, semánticas, éticas y políticas, no se trata de hablar por turno y

menos aún de arrebatar el micrófono. Y ni hablar si se usan dos micrófonos,

como hace la presidenta desde el atril!

Eso es lo que llamo “el síndrome del macho acorralado”, que es victimario

violento y a la vez víctima, que me desvela cuando pienso en las formas de

lograr una sociedad incluyente de verdad,y que me inspira para decir toda

vez que puedo a modo de letanía pedagógica que “cuando una mujer avanza,

ningún hombre retrocede”.


este post fue tomado de la Ponencia en el Congreso " Violencia, maltrato y abuso: víctimas y victimarios" desarrollada por Diana Maffía

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