jueves, junio 07, 2012

La Historia Política del Pantalón


¿Qué es un pantalón?, se pregunta la profesora de Historia Christine Bard. ¿En qué se convierte un hombre, en qué se convierte una mujer cuando se calza lo que se podría pensar que es la vestimenta más clásica de la contemporaneidad –y de algún modo la prenda más política, la que más está relacionada con el poder? Surge la inquietud.

Historia política del pantalón (Tusquets) es el título del libro de Bard –recién llegado en español– , donde la autora se encarga de ubicar al pantalón en los principales escenarios de la Historia universal y también de la mujer.

En la Francia previa a la Revolución Francesa, el pantalón era un ropaje de pobres y bárbaros. Pero después de 1789, los sans culottes se transformaron en un sinónimo de revolución y modernidad. A esa prenda, Marat la había definido como calzones largos sin pies. Ya desde la Edad Media los hombres llevaban un calzón que cubría el cuerpo de la cintura a las rodillas y realzaba la pantorrilla, cubierta por unas medias sujetadas por una liga. “El hombre atractivo debe tener buenas piernas (los delgados recurren a medias con relleno y pantorrillas falsas)”, sostiene la investigadora que analizó esta trayectoria desde lo económico, lo social, lo antropológico, lo estético y lo simbólico.

Va a pasar un tiempo importante hasta que la mujer use un pantalón libremente. En el siglo XIX, el simple hecho de que una mujer llevara un pantalón la asimilaba a una travestida cuyo género (masculino) ya no se correspondía con su sexo. “Es una perturbación intolerable”, subraya Bard.
Queda muy claro que el usar pantalón iba a ser un desafío para las mujeres. En 1800, una ordenanza de la policía parisina les prohibía usar prendas masculinas. Una medida que hoy sigue vigente y que Bard atribuye –a esta prohibición del “travestismo–” al miedo a la confusión de géneros, propia de Occidente, que identifica género con sexo.

La autora señala que entre todas las razones que impulsan a algunas feministas –y no las feministas en general– a “reivindicar” el pantalón hay una, fundamental, que es importante iluminar: “el pantalón es una prenda cerrada. No nos dejemos engañar por el ‘pantalón femenino’ del siglo XIX, que designa en realidad un calzón interior; generalmente con un orificio, es decir, abierto”. El paso al calzón cerrado precede en poco al triunfo del pantalón femenino e incluso lo anuncia de cierta manera. Por lo tanto, los hombres llevan una prenda cerrada y las mujeres una prenda abierta.

En la conquista del pantalón femenino hay una larga lista de nombres que allanaron el camino. Entre los casos recogidos por Bard –mujeres francesas en su mayoría– destaca el de la escritora George Sand. Desde muy chica se opuso al uso del corsé y vistió con ropas de varón de forma regular. Si lo hacía así, era porque de ese modo podía jugar y moverse libremente en un mundo de hombres. Y esta costumbre la conservó y la adoptó definitivamente como  adulta. Divorciada, y ya una reconocida escritora parisina, se vestía con pantalón, chaleco, redingote (capa abrigada) y sombrero. Esta época está reflejada en su libro Historia de mi vida.

“El pantalón es el marcador del sexo/género más importante para la historia occidental de los dos últimos siglos. Se erige como emblema de la virilidad”. Ahora bien, con la Revolución, el pantalón también se asocia estrechamente a los valores republicanos y se convierte en el siglo XIX en uno de los elementos del nuevo régimen indumentario, que refleja el orden burgués y patriarcal que se establece. Según Bard, esta prenda participa en la “gran renuncia de los hombres de negro a la fiesta de colores y de las formas”. Reservado a los hombres, prohibido a las mujeres, el pantalón permite establecer un inquietante paralelismo con la esfera política. La conquista del símbolo por parte de las mujeres sólo puede expresar el deseo de igualdad de los sexos, a pesar de que, en el ámbito individual, quizá no se trate más que de una identificación masculina sin dimensión política o simplemente de la elección de una prenda práctica.
Desde Francia, Bard respondió algunas preguntas por escrito sobre su libro y su particular visión del mundo de la vestimenta.

-¿Cómo llegó al mundo de la indumentaria, desde el punto de vista académico?
-Llegué por la historia de las mujeres y del feminismo, a través, especialmente, de un libro publicado en 1998 sobre el mito de la Garçonne (palabra nacida en los años 20 en París para referirse a un nuevo tipo de mujeres rebeldes que, reivindicando los derechos de la mujer y la igualdad de género, adoptaron una figura andrógina) de los años locos. En ese momento, tomé más conciencia de que la indumentaria es un lenguaje simbólico que contiene valores sociales y políticos. Quería ir más allá de la comprobación de Roland Barthes en El sistema de la moda, que insistía en la vacuidad del discurso de moda. Por el contrario, hubo muchos comentarios sobre las ropas que son muy instructivos para mí como historiadora. Además, la historia de la moda y de la indumentaria (dos cosas diferentes) es un campo que está todavía poco estudiado en la Universidad; por eso, queda mucho por hacer. Ya no se puede, como antes, despreciar este tipo de temas de investigación, que eran considerados triviales.

-¿Cuándo se convirtió el pantalón en objeto de estudio?
-Me interesa desde hace una veintena de años. Pero los especialistas en el tema son muy pocos. Mi originalidad aquí es mezclar historia cultural e historia política, y dar al género un lugar central en la explicación de la evolución histórica.

-¿Puede pensarse el pantalón como un elemento democrático?
-No de modo absoluto, no especialmente. Pero si se lo sitúa en el contexto de la historia occidental de los dos últimos siglos, hay que comprobar que acompaña al movimiento de democratización. En Francia, era un símbolo político para la corriente radical de la Revolución, los sans-culottes. Los hombres viven en ese entonces una “gran renuncia” a la ornamentación y a la competencia estética entre ellos, lo que marca el paso del Antiguo Régimen aristocrático a un nuevo orden burgués. El pantalón, que usaban los hombres del pueblo, trabajadores, campesinos, marineros, se generalizaba. Y la culotte, que terminaba en la rodilla y resaltaba las pantorrillas de los señores, enfundadas en seda, desaparecía. El pantalón en el siglo XIX lleva consigo valores políticos: libertad, igualdad.

-Según su investigación, ¿cuáles son los acontecimientos históricos que revolucionaron la historia del pantalón?
-El pantalón se convierte, después de esa gran ruptura, hace dos siglos, en un elemento muy estable de la apariencia masculina. Lo interesante es ver cómo y por qué se les prohíbe a las mujeres, y cómo y por qué, al precio de qué dificultades, ellas lo conquistaron.

-¿Qué significó el uso femenino del pantalón masculino?
-Es un signo de emancipación en muchos casos. Yo estudio a la vez las prácticas reales del uso del pantalón por las mujeres (como George Sand, que también se da un nombre masculino) y los fantasmas, las caricaturas que muestran miedos: la imaginación antifeminista da un lugar central a la mujer virilizada por el uso del pantalón, una mujer que asusta, que quiere dominar al hombre en todos los planos, invertir la relación de dominación al apropiarse del pantalón.

-¿Por qué una ropa masculina se convierte en un símbolo de emancipación femenina?
-Hay que decir que el pantalón –y antes la culotte– no son sólo indumentarias masculinas. Son, al mismo tiempo, los símbolos del poder, como lo revelan muchas imágenes y refranes antiguos (a propósito de las parejas: ¿quién lleva los pantalones?). Eso explica que a las mujeres les haya costado tanto obtener el derecho de usarlos. Por lo tanto, hay que relacionar esa historia del pantalón con la de la difícil conquista, para las mujeres, de la ciudadanía. También se puede destacar que la dominación masculina se apoya en una visión muy diferencialista de los sexos: naturalezas diferentes y jerarquizadas, indumentarias muy diferentes también. Con el pantalón y la ropa interior cerrada, las mujeres logran reducir esa diferencia enorme en la ropa, que daba al hombre el privilegio de la vestimenta cerrada, segura, cálida, confortable, y dejaba a las mujeres inseguras, en posición de ofrenda sexual, con una vestimenta abierta que daba libertad de acceso a su sexo.

-¿Quiénes son hoy los enemigos del pantalón femenino?
-Cierto número de tradicionalistas religiosos (el uniforme escolar, por ejemplo). Como su pregunta lo indica, el pantalón se convirtió en femenino (en los años 60). Ya no se puede decir que una mujer en pantalones se traviste. Pero me gustaría que en Francia se elimine el reglamento de la prefectura de policía de París, que prohíbe a las mujeres vestirse como los hombres. Para mí, es un símbolo de desigualdad. Siempre pienso en esas mujeres pobres del siglo XIX que, gracias a un pantalón, se hacían pasar por hombres y podían así acceder a un salario que les permitía sobrevivir duplicando sus ganancias. También hay quienes se oponen al pantalón en las mujeres con una resistencia estética y defienden la idea de que las mujeres son más seductoras manteniéndose en el universo femenino de la falda, del vestido.

-En algunas dictaduras, que una mujer use pantalón es casi subversivo. ¿Qué significado tiene  para los totalitarismos?
-Eso depende en realidad de la época, del contexto. En los 70, el pantalón, en los países católicos, todavía es un signo de modernidad que choca con la moral tradicional, y como hemos visto, un signo de emancipación femenina compartido en el mundo entero a través de la cultura juvenil, las imágenes de moda, etcétera. En otras partes, en otros contextos políticos marcados por la ausencia de libertad individual, las mujeres han sufrido por tener que llevar obligatoriamente un pantalón y ser privadas de seducción.

-¿Y las mujeres que están en el  poder usan pantalones?
-Angela Merkel usa pantalones, como muchas mujeres que ejercen el poder. El pantalón, todavía hoy, ayuda a numerosas mujeres a imponerse en la vida pública. Es una ayuda en su empowerment. La autoridad, la seriedad, la capacidad todavía están asociadas a signos masculinos, mientras que los signos femeninos remiten al universo de la seducción, de la sexualidad (otra especie de poder). Ciertas mujeres políticas, las que tienen un capital físico (Ségolène Royal en Francia, por ejemplo) apuestan a la femineidad, pero en mi opinión, ésa es una estrategia un poco arriesgada.

-¿Le gustan los pantalones? ¿Por qué?
-Cuando terminé este libro, tuve inmediatamente la necesidad de completarlo con un pequeño ensayo sobre la falda. Personalmente, me gusta la falda y el pantalón, aprecio poder elegir. En Ce que soulève la jupe (Lo que provoca la falda), publicado en el año 2010, interrogo este hecho, central para mí: las mujeres conquistaron el pantalón, ¿por qué los hombres no han conquistado la falda? ¿No es una señal de sexismo (homofobia)? La falda femenina es muy atacada en la cultura machista contemporánea, falda = puta. Y falda masculina = homosexual. Para hacer avanzar la igualdad de sexos, creo que hay que reflexionar sobre las consecuencias de “la gran renuncia masculina” y defender el derecho de los hombres a adornar y erotizar su cuerpo, defendiendo a la vez y siempre la libertad de las mujeres en todos los planos, también el de la indumentaria.

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